Esta semana se dan dos circunstancias, que el sábado pasado
se celebró en el Siroco de Madrid el 35 aniversario del programa de radio Flor
de Pasión y, que el lunes pasado, como precisamente Juan de Pablos trató en su
maravilloso espacio semanal de Radio 3, se cumplía el 55 aniversario del
fallecimiento de Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper.
Pensando tanto en Juan de Pablos –para mi encarnación
suprema de lo que significa el estilo adolescente en el terreno musical y el de
la pasión, la emoción y la vitalidad como actitudes teenagers fundamentales– y,
como él mismo dijo, en “el día que murió la música”, me he acordado, y creo que
le gustaría mucho este tema del que sabe muchísimo, de las Teenage Tragedy Songs.
Las Teenage Tragedy
Songs fueron un género musical popularizado a finales de los años 50,
principios de los 60, que consistía en realizar canciones –por lo general
baladas– en las que se lamentaba la muerte trágica de un adolescente. Se hacían
desde la perspectiva del propio adolescente moribundo que recuerda su corta
vida extinta, o desde la de la pareja que se ha quedado sola y abandonada por
culpa de un destino cruel e inexorable. Canciones que se grababan en vinilos
popularizados con el nombre de “Death Discs”, uniendo los opuestos de la
adolescencia y la muerte en una práctica musical morbosa pero comercial que,
entre otras cosas y en muchas ocasiones, solían describir estereotipos e
iconografías de jóvenes con chaquetas de cuero, tupés, motos y tantos otros
elementos asociados con el peligro y el desafío de las convenciones y, por lo
tanto, asociando su desgracia a su estilo de vida y aportando a estos discos un
toque de moralina muy propio de los Estados Unidos de los dorados años 50 y 60.
The Shangri-las, años 60.
Los grupos que practicaron este género son innumerables.
Entre las canciones más conocidas probablemente esté Leader of the Pack de Las Shangri-las (1964), uno de sus temas más
famosos –yo soy más de Maybe, pero
bueno– y considerada, en las innumerables listas musicales de los personajes de
Alta Fidelidad de Nick Hornby como
una de las mejores canciones sobre la muerte.
In
the Ghetto de Elvis Presley (1969), Black Denim Trousers and Motorcycle Boots de The Cheers (1962) o Wayne Cochran & the C.C.
Riders con Last Kiss (1962) o A Young Man is Gone de The Beach Boys
(1963) son otros ejemplos de Teenage
Tragedy Songs. Una práctica que se extendió posteriormente a grupos como
Los Ramones –exponentes del espíritu teenage por antonomasia y, en el caso de
Joey Ramone, amante de la música de los 60– con títulos comoYou're Gonna
Kill That Girl o 7-11, Depeche Mode con Blasphemous
Rumours, Los Smiths con un toque más ácido en Girlfriend in a coma, The Misfits con Saturday Night o Deatch Cab for Cutie que precisamente tomó su
nombre de la canción que lanzaron en 1967 Bonzo Dog Doo-Dah Band. ¡Hasta Katy Perry tiene una Teenage Tragedy Song, The One that Got Away!
The Smiths, años 80.
Ep de Jimmy Cross con el tema I Want my Baby Back.
El género no trascendió sólo con homenajes posteriores, sino
que en su momento también se hicieron muchas parodias como la de Jimmy Cross
con I Want My Baby Back, en la que
primero narra un accidente de tráfico en el que su novia muere desmembrada “…and
there was my baby, and there was my baby too…and over there, there was my baby…!”
y, posteriormente relata cómo es incapaz de superar su pérdida por lo que desentierra
su cuerpo y decide recuperarla yaciendo con ella. Algo así como el amor zombie de los Vegetales versionado posteriormente por
Alaska y Dinarama aunque, como en este caso, el novio de la canción es
directamente un ser de ultratumba de edad indeterminada, no creo que pueda
considerarse una Teenage Tragedy Song.
Para terminar, os dejo con la canción Buddy Holly un homenaje de Weezer que sea una Teenage Tragedy Song o no, sirve a la perfección como homenaje a este género, sus músicos y su época.
Había oído hablar a alguna amiga de una película titulada Crepúsculo. No recuerdo bien en qué
contexto ni tampoco me enteré entonces de que se basaba en un libro, ni de que
estaba siendo todo un fenómeno.
No sé cuánto tiempo después vi a varias personas con el
libro de marras en el metro y me picó la curiosidad: no de leer el libro que
por la portada tenía un tufillo insoportable a bestseller, sino de ver la película con toda la contradicción
alto-bajo cultural que eso supone…
Me sonaba haber visto escenas delirantes de un partido de
beisbol a saltos voladores por lo que me daba bastante pereza, pero las noches
son largas y por aquel entonces Megaupload lo hacía todo tremendamente
accesible.
45
primeros minutos de fama
Cuando vi la película, lo primero que me llamó la atención
fue la ambientación boscosa y deprimente. Ese tipo de escenarios tan verdes y
austenianos para mi siempre suponen un plus, porque además del rollo inglés me
recuerdan a Expediente X y, en mi
caso, eso siempre es un punto positivo.
Bella apesadumbrada entre sus sábanas lavanda
La verdad es que vi la película sin ningún contexto y creo
que eso jugó a mi favor. Cuando empecé a verla ni siquiera recordaba que
trataba de vampiros por lo que, dejándome llevar, recuerdo que me gustó el
rollito morboso de la protagonista mudándose de ciudad y empezando una vida
nueva con instituto nuevo incluido.
Este tipo de cliché, habitual en películas muy dispares del
género como Mean Girls o de nuevo Grease, me gusta bastante porque suele
conducir a un tipo de personaje por lo general atrayente y encantador: la chica
(o el chico) nuevo y diferente que lo cambia todo.
Esas primeras escenas de Bella observando sus nuevas sábanas
color lavanda, Bella como carne fresca acosada por todos los chicos del
instituto, Bella moviendo la melena y expandiendo su olor ante el ventilador, Bella
en la comida y sus comentarios secos pero ingeniosos sobre posibles artículos
para el periódico de la escuela sobre el relleno en los bañadores del equipo de
natación…, son impagables.
Analizando una cebolla en clase
Amor taquillero
El plato fuerte llega con el primer encuentro entre los dos
protagonistas, Bella y Edward. No en el que están sentados juntos en clase de
biología y el parece que va a vomitar, sino cuando se ven por primera vez en la
cafetería y, aunque él es inalcanzable y nunca se ha interesado por ninguna
chica del instituto, no puede evitar mirarla a ella que, por supuesto es
diferente y especial, the only one.
Cliché tras cliché se descubre el pastel sobre su identidad
vampírica y tras unas cuantas escenitas de calentamiento flojo y edulcorado –atropello
y caballero andante evitando accidente y toqueteando lo justo de paso– llega la
escena de sexi prebeso y sexi primer beso con ligero forcejeo en el cuarto de
Bella. Y ahí se acaba.
Ya que, por desgracia, esta escena es el clímax de la
película y el resto se puede perfectamente dejar de ver y, como mucho, quizás
saltar a la tercera, la cuarta o la quinta entrega fílmica y “ver” cómo
finalmente “echan” un polvo (Aviso: véase sin expectativas).
Prebeso, primera película
Para conseguir ver esto, o llegas a la tercera o nada...
A pesar de todo, y sin un contexto que te haga consciente
del carácter anticuado, sobreprotector, machista, frígido y ultracatólico que
en entregas posteriores desvela tener el famoso Edward Cullen, en esta primera
película sientes la emoción primigenia que sólo ciertas películas de instituto
son capaces de provocarte cuando piensas y te dejas seducir por lo que en
principio podría parecer una fuerte y poderosa relación de tensión sexual
provocada por el hecho de que él es un vampiro y, si se pasa al excitarse y meterla
mano, la mata.
El problema es que la historia no continúa así y, si sigues
viendo y observando, pronto la trama te saca de tu feliz engaño.
Si la “novela” o las posteriores películas hubieran
desarrollado debidamente esa trama, acrecentando la tensión, desarrollando a
los personajes, etc. etc. entonces podríamos seguir hablando de la saga Crepúsculo pero, viendo la moralina y la
vaguedad del resto de películas para mí, sólo merecen la pena los primeros 45
minutos de la primera entrega.
Crepúsculo
High School o por qué esos primeros 45 minutos merecen la pena como película de instituto
Crepúsculo
como película de vampiros es algo que ni siquiera voy a mencionar. Los Cullen
podían haber sido vampiros como millonarios a lo Cincuenta sombras de Grey, como una familia que se enfrenta a otra
en la Verona renacentista o como las bandas
de latinos contra estadounidenses de West
Side Story, es decir, un cliché para destacar esa faceta de opuestos que se
atraen (star-crossed
lovers), personajes inalcanzables y peligrosos para chicas o chicos
“del montón” que van a ser las/los que les cambien bla, bla,bla… un cliché que es
un recurso universal y clásico tan válido como cualquier otro y que desde luego
puede ser de lo más interesante pero, sólo, si se sabe manejar y, más allá de
las escena pseudocachondona del beso, en este caso, no sucede así.
West Side Story
Francesco Hayez. El beso, 1859. Incluso en el siglo XIX, había más chicha.
Pero, la suma de un baile prom y escena de elección de
vestidos, escena generacional de charla padre-hija, personaje inalcanzable que
se fija y enamora locamente por personaje anodino creado para la autoproyección
y deleite del espectador, encuentros furtivos y tensos entre los futuros
“amantes” por llamarles algo, charlas con amigas en el patio del recreo o el
comedor, personajes generados para provocar celos y tensión en la trama (la
camarera de voz sexi en el restaurante de Port Angeles, el rubio graciosillo e
insistente que quiere ir con Bella al baile pero luego va tranquilamente con
otra o Jacob, mejor amigo/posteriormente lobo/estereotipo exótico navajo-latino
en contraste con Cullen/objeto sexual), taquillas y flirteo en taquillas (mi
favorito como ya mencioné al hablar de My so called Life)… a mi parecer hacen de los 45-60 primeros minutos de Crepúsculo, y a pesar de muchos momentos
bochornosos, una buena peli adolescente de instituto.
Para que esta fórmula funcione, vuelvo a advertir de que es
necesario no seguir viendo la película una vez pasada esa franja temporal, no
saber nada de las posteriores entregas y desde luego no leer los libros, no por
nada, sino salvo por el hecho de que están tan mal escritos que, probablemente,
tus ojos derramarán más sangre de la que se ve en total en las cuatro o cinco
películas que se han hecho.
Nota: Siento que las imágenes sean de tan mala calidad :(
Pensaba dedicar este post únicamente a la primera novela escrita por Bret Easton Ellis, Menos que cero (1985) pero al final me he animado, y dedicaré algunas palabras a la película.
Como todo el mundo insiste -imagino que porque aparece así en Wikipedia-, le convirtió en millonario y la escribió con 21 años mientras aún estudiaba en la universidad. Se suelen mencionar estos datos como algo tremendamente positivo, dado que ser "tan" joven y publicar una obra en su momento tan leída y controvertida, se interpreta como algo bueno.
Sin embargo, parecemos olvidar varias cosas: 21 años son pocos, pero bien vividos son unos cuantos. Y, por lo que nos dicen, en los 80 se debía vivir bastante. Pero, si tenemos en cuenta que otros escritores han sido verdaderamente precoces como, por ejemplo, Jane Austen (sus primeros escritos son de 1787 -nació en el 75-) o Anaïs Nin que escribió sus llamados Diarios de infancia de los 11 a los 17 años, 21 años no parecen tan pocos. De hecho, Ellis confiesa haber escrito desde que era un niño pero, al hablar de Menos que cero, la crítica resalta la juventud y las ganancias desorbitadas que generaron las ventas de la novela no por sus méritos que son muchos (de hecho le pagaron en un primer momento 5000 dólares e imagino que algo más tardaría en conseguir ser millonario con el libro), sino porque destacando estas variables se construye una narración biográfica laudatoria conforme a unos valores en los que el progreso y la valía se miden en función de la fama y el dinero. Valores que creo que Ellis, precisamente con esta novela, trataba de criticar atentando contra uno de los paradigmas americanos favoritos: el de la dorada y sinuosa California, con Los Angeles, Hollywood y sus estrellas como principales ingredientes.
La novela no me entusiasma. Me parece que es parca, confusa, con poco ritmo y en ese estilo tan despojado, aburrido y directo que me aborrece pero que encanta a los fans del Gran Gatsby y el dichoso Guardián entre el centeno.
Gustos a parte, la novela fue un bombazo por hacer menciones explícitas -desde la óptica fría y distanciada de Clay, el protagonista- a temas como la droga, el sexo forzado, la homosexualidad, la muerte o la prostitución. Y aunque yo me pregunto si es que toda esa gente a la que le impactó tanto no había leído a ningún autor europeo (¿Hola?¿Bataille?), o incluso a los tan mencionados autores de la generación Beat (por lo menos a Burroughs) o al pobre Henry Miller; imagino que el quid de la cuestión está en cómo Ellis sitúa una trama tan descarnada en Hollywood, la tierra de los sueños, y para más inri, protagonizada por una clase social pulcra y adinerada y, por lo tanto, supuestamente ajena a la suciedad y la depravación que rodea a aquellos que pertenecemos a otros estratos sociales.
En definitiva, la imagen que me viene a la cabeza con esta novela es la de las piscinas de David Hockney sólo que, alguien, se ha cagado en ellas.
Un agua sucia y turbia.
David Hockney. Retrato de Nick Wilder, 1966. He elegido esta piscina, porque parece que lleva regalito.
Y eso, a pesar de que en libros anteriores como Hollywood Babilonia de Kenneth Anger (publicado en francés en los 50 y en inglés en los 60 aunque prohibido hasta mediados de los 70) o en el reciente Servicio completo de Scotty Bowers (2012) ya se contaban los tejemanejes de Hollywood y sus estrellas, aunque imagino que la diferencia la marcan las franjas de edad teenager con la que trabaja Ellis y, desde luego, el estilo ausente con el que narra la historia. He de decir que, aunque no es mi forma de escribir favorita, creo que le va muy bien a la novela para conseguir un efecto dramático externo sin dramatizar de manera interna. Es decir, el drama lo pone el lector ante la ausencia que genera el escritor.
En Historias del Kronen, que inevitablemente me ha venido a la cabeza al leer Menos que cero (básicamente esta novela ahora me parece un Menos que cero castizo, no por nada sino porque se publicó bastante después), el drama se carga en los sucesos más que en el tono y, bueno… el resultado es otro. Historias del Kronen no me gustó nada, aunque se le dio mucho bombo y vino muy bien para importar la chorrada de la Generación X, no sé si madrileña o española, con abanderados como Lucía Etxebarría, José Ángel Mañas y Ray Loriga que me da a mi que, como los demás, se hace bastante pis con Easton Ellis.
Golpe al sueño americano (1987)
Comentaba al principio que sólo pensaba hablar de la novela pero… buscando información me topé con la película Golpe al sueño americano (nuestra bonita traducción para el título original Menos que cero) realizada en 1987 y con un elenco formado por Robert Downey Jr., y el dúo que ya vimos en La chica de rosa formado por Andrew McCarthy (en el papel de un trajeado Clay) y James Spader como el maligno Rip, aunque en realidad en el libro este personaje se corresponde con Finn, proxeneta y traficante de drogas.
Fotogramas de Golpe al sueño americano.
No quiero extenderme con la película así que os dejo este vídeo de YouTube. Una conferencia en la que Ellis cuenta, entre otras muchas cosas interesantes, su experiencia con las adaptaciones fílmicas. Evidentemente la que hicieron de Menos que cero no tiene nada que ver con el libro y, de hecho, en Suites imperiales -secuela escrita en 2010-, hay un pasaje en el que Clay cuenta lo decepcionado que se siente con el modo en que tratan su vida en la película porque, a diferencia de lo que pasa en el libro, no tiene nada que ver con él.
Me da mucha pena haber leído el libro antes de ver la película porque, de otro modo, podría haberla disfrutado como una película de consumo adolescente con ciertos toques turbios. Después de leer el libro esto no me ha sido posible, pero si aguantáis a Robert Downey Jr., queréis ver la aparición que hace un jovencísimo Brad Pitt y estáis de humor para ver una peli de teenagers pasaditos, os la recomiendo.
Stranger than Paradise. Una película americana El paraíso tiene cuatro paredes. No importa cuánto lo
busques. No importa, tampoco, si lo encuentras o no. El paraíso es una sucesión
de paisajes idénticos, de cuartos pequeños, semivacíos, con cuatro paredes,
iguales. Un apartamento de Nueva York, una casa en Cleveland o
un cuarto de hotel en Florida. El paraíso sólo tiene cuatro paredes.
El nuevo mundo. New York, New York
Eva (Eszter Balint) avanza, por primera vez, por las
calles de una Nueva York decadente, sucia y lamentablemente irreconocible hoy
día. Sólo le acompañan los aullidos de Screamin’ Jay Hawkins, un hombre salvaje
al que adora, una maleta y una gran bolsa.
Eva, la primera mujer, llega al nuevo mundo en el que
le espera su primo Willie (John Lurie) otro Adán que, como ella, ha huido de
una tierra que tampoco resultó ser la prometida. Ansioso por alardear ante su
prima de su casi recién estrenado estilo de vida americano, Willie terminará
por encariñarse con Eva con quien comparte diez días y todos los secretos que
ha aprendido sobre el gran sueño americano: consejos sobre música, ropa y
expresiones coloquiales –ahogar al cocodrilo en vez de pasar la aspiradora–,
las Tv dinner (bandejas desechables de comida congelada para cenar ante el
televisor), los cigarrillos Chesterfield –saben igual en todas partes– y la
televisión encendida a todas horas.Diez días de humo y de una laxitud casi
asfixiante que terminan con un beso en la mejilla, Eva marchándose a Cleveland
y su vestido en la basura.
Un año más tarde los amigos Willie y Eddie (Richard Edson) “ganan” seiscientos dólares
en una partida de póker y deciden visitar a la encantadora Eva que, no sólo se
ha adaptado al riguroso clima de Cleveland, sino que además trabaja en un Hot
Dog y se ve eventualmente con uno de sus compañeros.
Todos juntos juegan a las cartas con la tía Lottie,
van al cine y descubren que en el triste y árido Cleveland se sienten
exactamente igual que en Nueva York. ¿Por qué si estoy en otra ciudad todo me
parece lo mismo?
Sólo queda una opción y es visitar Florida. El
verdadero paraíso donde hay playa, chicas en bikini y hace calor. Tras
“secuestrar” a Eva reemprenden su particular road trip.
Ataviados con gafas de sol, un cuarto de hotel se
convierte en la sede del tan ansiado paraíso. El tiempo continúa pasando
despacio y los lugares parecen ser, de nuevo, iguales. La blancura de un lago
helado se confunde con la de la espuma del mar o con la de la arena de la playa
(1). El sentido del humor del destino y un par de golpes
de mala y buena suerte termina por separar a este grupo de extraños íntimos.
Dirigida por Jim Jarmusch en 1984 Stranger than
Paradise narra sin narrar en tres actos un episodio concretamente
inconcreto de la vida de tres jóvenes. Aparentemente insustancial y despojada, Stranger
than Paradise sugiere abiertamente sensaciones y sentimientos sin
narrarlos, describirlos ni desarrollarlos tal y como pasa tantas veces en la
vida misma: las cosas solamente son, no pasan y, a veces, ni si quiera las
vemos.
Lo
que en 1984 Jarmusch convirtió en el primer acto del film fue en un primer
momento un corto que realizó junto con su actor principal y compositor de la BSO John Lurie.
Posteriormente, consiguió de Wim Wenders los medios necesarios y realizó los
dos actos siguientes (Un año más tarde y Paraíso) en los que
aumentan progresivamente el cinismo y los toques surrealistas de sentido del
humor.
Considerada un paradigma del cine independiente que
estaría por venir, Stranger than Paradise fue elogiada por romper con
los convencionalismos del cine norteamericano en lo que imagino que fue el
asumir los de la Nouvelle
Vague francesa (al menos en el ritmo y los tempos del
film que, no sé si es por algo tan tonto como el blanco y negro o que Lurie y
Belmondo llevan sombrero, pero no puedo evitar que me recuerden a Al final
de la escapada incluso cuando no se parecen en nada), y otras referencias
como la literatura beat (Willie se define como un Hipster y se viste
como un gángster, los viajes en coche por la carretera, las relaciones a
tres…), pasado todo ello por el filtro del Nueva York de Andy Warhol o como
dijeron en la crítica del New York Times “…Stranger than Paradise parece una
película de Buster Keaton escrita por Samuel Beckett y Jack Kerouac y dirigida
por Andy Warhol”.
Una película, de nuevo adolescente, que comparte época con títulos como La
chica de rosa, Los Goonies, ET o Rebeldes, por lo que
al contemplarla –y he aquí la gran ventaja del paso del tiempo– se puede
disfrutar con deleite de las otras cosas que por aquel entonces estaban
pasando.
Feliz 2014...
(1) La fotografía del film es de Tom DiCillo que, además, hace un cameo e
interpreta al vendedor de billetes de avión en el aeropuerto. Un personaje
anodino que, sin embargo, desencadena sin quererlo ni saberlo el desenlace de
la trama.
Hay algo en el argumento de La chica de rosa (1986) que nunca ha
terminado de convencerme. O mejor dicho, pero peor expresado, hay algo que me
chirría.
La película me fascina por múltiples
razones de las cuales, algunas, son las que creo que la han convertido en un
película de culto (el color rosa, su reparto, la banda sonora, la ambientación,
los personajes, los outfit, el mensaje, ¿he mencionado ya el color rosa?…) pero
no creo que haya sido la trama lo que ha consagrado a la película.
Puede que, muy probablemente, me falte
contexto –nunca he sido una teenager norteamericana
en la década de los 80–, o que le falte contexto a la película pero, el hilo conductor de la desigualdad de clases que
recorre el film, siempre me ha chocado bastante. La película es de 1986 y para
aquel entonces la clase media estadounidense –a la que se retrata a través de
la historia del amor y la cotidianeidad de los personajes protagonistas– ya
estaba más que consolidada por lo que la historia shakesperiana de bandos enfrentados
por la diferencia, siempre me ha descuadrado un poco. Al menos en esta década.
Grease, que es del 78
pero se ambienta en los 50, juega también con esta idea y, sin embargo, no me
chirría tanto aunque quizás no sea el mejor ejemplo que pueda poner ya que es
una película que me genera bastantes problemas (ya contaré otro día por qué).
Pretty in Pink.
Grease.
Volviendo a La chica de rosa… quizás si el enfrentamiento se hubiera llevado
por el lado de las tribus urbanas –cuando además estéticamente en esta película
se ha connotado tantísimo la procedencia de cada personaje con su estética y
sus outfits– o la clásica rivalidad de instituto entre losers y populares me chocaría menos el argumento, aunque la
“clásica” lucha entre Reinas del baile y Empollones probablemente le habría
restado dramatismo, y desde luego romanticismo, a la película.
Por ello y pensando en el hecho de que las
“diferencias sociales” fueron un recurso al que habitualmente recurrió John
Hughes –autor y productor de La chica de
Rosa pero también director de otros muchos títulos fundamentales para el
cine de género adolescente como 16 velas,
The Breakfast Club, Some Kind of Wonder o la saga de Solo en casa– en sus obras de los 80, creo
que lo que la trama intenta hacer es hablarnos –con una historia dulce, apasionada,
moderna y muy juvenil– de la situación y el contexto de la Norteamérica del
momento en la que gobernaba Ronald Reagan, el paro estaba a la orden del día,
la política interna era extremadamente insensible hacia los problemas sociales
y el bienestar de las instituciones públicas, la pandemia del sida era un hecho
imparable, la política exterior era tremendamente agresiva… nada que no nos
suene ni que, lamentablemente, no nos resulte familiar.
Y, sin embargo, John Hughes habla de todo
esto sin hacerlo, planteando una historia en la que una maravillosa Molly
Ringwald no se siente cómoda saliendo con un no menos maravilloso Andrew McCarthy
por cuestiones de clase.
Pretty in Pink. Conflicto en la calse de gimnasia.
La película no es ni muchísimo menos
política y esta interpretación es personal, pero son muchos los films de esta
década que –en clave romántica o de humor como en Entre pillos anda el juego (1983) o Flashdance (1983)– plantean asuntos similares generando, a través
de un cine de gran consumo y sin demasiadas pretensiones, una pequeña brecha en
el maravilloso sueño americano. No se nota, prácticamente no se ve, pero está
ahí.
Pink
oda. Difference oda
Al margen de mis idas y venidas en torno al
argumento la película me gusta tanto que no sé ni por dónde empezar a hablar de
ella.
Si mencionábamos que el problema de la
clase es uno de los hilos conductores de la película también lo son la música
–la selección es magistral y probablemente una de las mejores bandas sonoras de
la década–, la búsqueda del yo individual y diferente, y el color rosa.
El rosa es un color menospreciado y
vilipendiado, considerado “de chicas” y por ello minusvalorado y, sin embargo,
la protagonista lo ensalza con su vestuario, con su estilo y con su actitud independiente
y segura de sí misma con la que da una lección a tantos otros personajes
cinematográficos femeninos cuando, abandonada por su pareja para el prom,
decide ir ella sola y aparecer en el baile sin complejo alguno (Tomad nota y, a
ser posible ejemplo, queridas Carrie Bradshaw).
Fotogramas de Pretty in Pink.
Andie (Molly Ringwald) no podría estar
mejor que llevando esos leggins tie dye con camisa rosas, el mítico vestido de
encaje barato y satén que ella misma se hace para el baile, sus chalecos de
ganchillo, sus chalecos de flores, sus pendientes desparejados o sus medias
rosa pastel a juego con su cuarto y su bata rosa son espectaculares, icónicos y
ultramodernos.
Los otros personajes no se quedan atrás, el
look estrafalario de Duckie, los trajes de lino y los mocasines ¡¡sin
calcetines!! de Blane (Andrew McCarthy) y Steff (James Spader) o los estilismos
de Iona, mi favorita, que pasa del rollo Siouxie al estilo falda de tubo de los
40 con un tocado futurista a lo Regreso
al futuro, al look sixtie de su prom, el oriental chic con pelucón rubio y el
yuppie ochenteno del final de la película con perlas y permanente corta incluidos.
Un personaje que se reinventa y se divierte haciéndolo, que dirige su propia
tienda de discos y que sirve de modelo a seguir para Andie.
El papel de Iona se le ofreció previamente
a Angelica Huston (la idolatro pero creo que hubiese sido demasiado mayor) y
para Tracy Ullman (que además de demasiado británica creo que le hubiese
quitado el toque sexi que Annie Potts aporta al personaje y a la subtrama en la
que Duckie y ella tontean descaradamente).
Estilismos de Iona en Pretty in Pink. Este último dicen que ha inspirado a Lady Gaga para uno de sus conjuntitos.
El papel de Andie siempre se pensó para
Molly Ringwald (se comenta que no tuvo claro al principio si aceptarlo ¿WTF?) pero
algo más difícil fue dar con Duckie ya que en un primer momento se quería
contar con Anthony Michael Hall (demasiado repetitivo en mi opinión pues ya
salía con Ringwald en 16 velas y Breakfast Club) y luego con Robert
Downey Jr aunque hasta el Cazachicas
no se toparía en el camino de Molly ya que fue un estupendo Jon Cryer el que se
hizo con un papel. Todo un acierto y es que incluso cuando se cambió el primer
final pensado para el film (en el que su idolatrada Andie y él acaban juntos) Cryer
pasó a la fama gracias a los diálogos brillantes de su personaje, su pasión y la
escena memorable en la que baila a Ottis Redding. Como curiosidad, la Duckette a la que Duckie
conoce en el prom es Kristy Swanson, protagonista en 1992 de la película –que
luego originaría la serie– Buffy lacazavampiros.
No querría yo olvidarme, como si lo ha
hecho la industria del cine, de Harry Dean Stanton. Un actor excelente que
representa al padre de Andie en este film dándole un verismo y una ternura al
personaje como ya lo haría en otras de sus películas como Alien o, mi favorita, Paris
Texas.
Momentos
Top Ten
Para terminar, enumerar algunos de mis
momentos favoritos del film:
1-Que la película surgiera y se inspirara
en la canción de Psychedelic Furs que le da título, Pretty in Pink (1981).
2-James Spader. Me gusta especialmente
cuando Andie le rechaza al comienzo de la película, pero su pelazo, sus muecas
y su actitud le convierten en uno de mis personajes favoritos.
-You´re a Bitch. -I have taste.
3-Andie de compras. Una dependienta la mira de arriba abajo con cierto
desprecio y Andie se tapa, ligeramente avergonzada con su chaqueta. ¿Os suena?
Volveríamos a ver este momento años después en otro film también inspirado en
una canción, Pretty Woman
¿Casualidad?
4-El baile nostálgico que se marcan Andie e
Iona escuchando Cherish de The Association.
5-El momento clarividente de “avance
tecnológico” –y de los tiros que tomarían las relaciones online en la era de
Internet– cuando Blane tontea con Andie usando unos truquitos bien buenos del
MS-Dos en sus gigantescos Pcs.
Pretty in Pink.
Pretty Woman.
6- El minipapel de Gina Gershon (iniciando
por aquel entonces su carrera) como amiga pija-tonta de una de las antagonistas
de Andie, un tipo de relación que veremos repetida en muchas películas
posteriores desde Mean Girls hasta Gossip Girl.
7-La charla “metafísica” que tienen Duckie
y el portero (el humorista Andrew Dice Clay actor principal del terrible film Las aventuras de Ford Fairlane, el detective
rocanrolero) de la discoteca donde no le dejan entrar sobre el amor.
¿Conclusión? Love is a Bitch.
Fotogramas de Pretty in Pink.
8-El beso robado que Duckie le propina a
Iona.
9-El primer beso de Andie y Blane. Muy
realista, aunque no tanto como mi beso realista favorito (véase Mujercitas, a
Winona Ryder y Christian Bale. Hay babas, no digo más).
10-Todo lo que sale
de color rosa.
Pretty in Pink. Diseñando el mejor vestido para prom ever.