lunes, 11 de noviembre de 2013

Teen music: selección de vídeoclips

Los vídeos musicales se inventaron en los años 20, Oskar Fischinger fue entonces el primero en crear piezas de música en combinación con temas musicales, y tuvieron su auge en los 60 con programas dedicados al visionado de videoclips y grupos en directo como Top of the Pops o Ready!Steady!Go!; en los 80 con la creación de MTV y, ahora, con Youtube.

Miles de artistas los han usado desde entonces para darse a conocer, popularizar sus canciones, asegurarse ventas o, como no, polemizar (véase Madonna cuando lanzó su bombazo Like a Prayer).


Aunque hay millones para elegir, a continuación dejo algunos de mis vídeos favoritos en los que el hilo conductor, más allá de lo musical, es cierto regusto teen y una estética muy marcada entre lo hipstamatic y el DIY, con un toque noventero grounge en algunos casos y el más puro estilo teen de instituto en otros.

Girls. Lust for Life



Vivian Girls. Take it as it Comes


Smith Westerns. Weekend


Best Coast. Our Deal, dirigido por Drew Barrymore


Y por último, y algo a mi pesar porque no me gusta nada la canción, el divertidísimo y muy logrado Last Friday Night de Katy Perry que capta a la perfección la esencia estética y visual de las películas ochenteras de instituto con John Hughes como dios absoluto del género y la mezcla con un toque noventero muy a lo Salvado por la campana. Lo mejor, la bizarrada de la aparición de Kenny G -como tío de la artista-, el cameo estelar del fantástico Corey Feldman (de los Goonies) haciendo de padre de Kathy Beth Terry  y ¡los Hanson tocando en la fiesta!



viernes, 8 de noviembre de 2013

Teen Photography: Olivia Bee



No hay nada más emocionante que tener quince años. Las nimiedades son eléctricas. Cada experiencia es un precipicio en el que caes voluntariamente de cabeza. No se trata de tener toda la vida por delante como se suele decir. Es todo lo que te puede pasar. En una sola tarde de verano. En una fiesta para la que has contado los días. En un encuentro inesperado. Es un nudo en el estómago por cada pequeña cosa.

Olivia Bee. Serie Lovers

Olivia Bee. Serie Lovers
Olivia Bee. Serie Lovers

Olivia Bee. Serie Lovers

Es una canción que bailas a oscuras en tu cuarto. La felicidad o la desgracia de las primeras veces. La deliciosa inexperiencia que sólo puede estar abocada al más terrible de los dramas o al más encantador de los desenlaces. La verborrea delirante de la vida a tus pies.

 
Olivia Bee. Serie Everyday

Las imágenes sencillas y desbordantes de Olivia Bee, digna heredera del fotógrafo post post adolescente Ryan McGinley -a su vez heredero de Larry Clark o de la estética de series como End of an Age del extraordinario Paul Graham-, plasman la belleza singular de lo desconocido primigenio. Contienen esos primeros pasos, tanteos, fracasos y grandes victorias.

Larry Clark

Ryan McGinley








Paul Graham. Serie End of and Age, 1996-1998


Momentos perfectos captados en el instante justo. El esmalte craquelado en unos dedos que ejecutan una caricia, un corazón pintado para alguien en la pared, una despedida, un arco iris que se desvanece o unas luciérnagas atrapadas en el bosque.
 
Son pequeñas cosas que, retratadas con la óptica sobredimensionada y apasionada de la adolescencia, se convierten en poesías visuales. Relatos coloristas y desenfocados narrados de primera mano. Alejados de los habituales clichés, aportando nuevas construcciones de esa esencia emocionante que, según dicen, se pierde con el tiempo pero que Olivia Bee atrapa en sus imágenes: recuerdos inalterables de la emoción cotidiana que supone el tránsito a la vida adulta.

Olivia Bee. Serie Everyday

Olivia Bee. Serie Everyday
Olivia Bee. Serie Everyday


Olivia Bee. Serie Everyday

jueves, 25 de julio de 2013

Baby, I Love You

Simplemente “te quiero”. La mayor obviedad posible, las palabras más evidentes para una canción de amor desencadenan unas primeras estrofas, torpes y sinceras, protagonizadas por ese momento previo, incómodo pero emocionante, en el que alguien que no puede esperar un segundo más para declarar sus sentimientos balbucea intentando explicarlos. La conclusión, tras una serie de frases hechas, que se agolpan incrementado la tensión del momento, es previsible y sencilla: Baby, I Love You.


Un momento que se piensa y se ensaya, que se imagina con el deleite del triunfo o con la desesperación del fracaso, que se magnifica o se minimiza en función del momento y de la experiencia pero que, al final, tras el suspense incontenible que suelen acarrear las primeras veces termina, simplemente, con un “te quiero”. Al menos en las canciones. Al menos en esta canción en la que, una vez se pronuncian “las palabras mágicas”, la melodía y los coros que las acompañan no pueden parar de repetirlas: Baby, I Love You; Baby, I Love You; Baby, I Love You.
The Ronettes.
Compuesta por Jeff Barry, Ellie Greenwich y el mítico Phil Spector en 1963, Baby, I Love You quería repetir la fórmula de una canción que los mismos creadores habían lanzado tan sólo unos meses antes: Be My Baby. Un hit que alcanzó un segundo puesto en las listas y que supuso la tan esperada llegada al éxito de The Ronettes. Conocidas en un primer momento como The Darling Sisters y, a principios de los sesenta, como Ronnie and the Relatives, aludiendo a los vínculos familiares de las componentes (Veronica y Estelle Bennet eran hermanas mientras que Nedra Talley era su prima), las tres jóvenes de apenas veinte años fichaban por la compañía de Phil Spector (Philles Records) tras años intentando abrirse hueco en el complejo panorama musical de la época.


Reuniones familiares, clases de canto, sustituciones y sobredosis de maquillaje y peluquería para actuar furtivamente en clubes para los que no tenían edad, resumen los primeros años de esta formación que, a pesar de sus esfuerzos, no terminaba de encontrar su sitio. Cansadas del fracaso en las listas y de ser las coristas y bailarinas para los cantantes masculinos de turno, Estelle decidió llamar a un prometedor Phil Spector y pedirle una audición. 

The Ronettes.
Es así como, en 1963, la suerte cambia para The Ronettes. De la noche a la mañana, se convierten en las voces que encarnaron uno de los mayores éxitos de Spector, el muro de sonido, técnica de estudio que consistía en grabar y acumular varias capas de sonido añadiéndose a la instrumentalización original y generando una melodía densa, tremendamente orquestada, profunda, llamativa y novedosa. El sonido de los sesenta.


La inquebrantable voz de Ronnie supo otorgar un brillo especial a las joviales melodías de Spector que, plenamente consciente de la valía de la joven, intentó deshacerse de las otras componentes del grupo al considerarlas incapaces de funcionar en un estudio. Fruto de esta incipiente obsesión del productor por la que más tarde se convertiría en Ronnie Spector, sometida y abocada a un matrimonio destructivo del que literalmente tuvo que escapar, se llevó a cabo la grabación de Baby, I Love You. Separada del resto del grupo, a quien Spector envió de gira, Ronnie grabó este tema en California, acompañada de Darlene Love y una jovencísima Cher a quien también se le habían encargado los coros de Be My Baby y a la que Spector conocía por ser la novia de uno de sus empleados, Sonny Bono.

Cher en los 60.
Años más tarde, en 1974, Spector volvería a apostar por Cher en una nueva versión de este tema, pero su ritmo decelerado, su languidez y su mediocridad respecto a la original hicieron que la canción no sólo no triunfara, sino que nunca llegara a formar parte de un álbum.


Pero en noviembre de 1963, con el éxito de Be My Baby todavía resonando en las radios, Baby, I Love You parecía abocada a un éxito imparable y, de hecho, en tan sólo unos días alcanzó el puesto 24 en las listas norteamericanas. Pero la tragedia de Baby, I Love You fue la misma que la de la Norteamérica idealizada de los sesenta: el asesinato de Kennedy. Cuando todavía no se sabía nada del movimiento hippie ni de sus reivindicaciones, y aún quedaban lejos el punk, los ochenta, el grunge y las Riot Girrrls de los noventa; cuando la música todavía se contemplaba como algo inocente y, aparentemente, desligada de la política; la eliminación de las emisoras de radio y de las listas de ventas de todas las canciones alegres y esperanzadoras demostró que esta creencia no era cierta y, un luto exagerado y riguroso se impuso en los Estados Unidos, anticipando la manipulación mediática, las estrategias de modificación de la conducta social y la tristeza de los años venideros con la guerra de Vietnam como epitafio del sueño americano y el anuncio de una nueva era.


De este modo fue como el segundo single de The Ronettes pasó desapercibido para la historia y, aunque fue incluido en el álbum Presenting the Fabulous Ronettes a finales del 64, Be My Baby siempre ha eclipsado el recuerdo de este grupo que se extinguió en 1967 y que, en los últimos años, tuvo que compartir giras con bandas como The Beatles o The Rolling Stone sin poder evitar sentir, una vez más, que regresaban a ese origen de acompañamientos y coros de los que, a principios de los sesenta, habían intentado huir.


Y sin embargo, no cuesta imaginar durante esos años sesenta, en la ciudad de Nueva York, a un joven preadolescente desgarbado que escuchaba con devoción, en la soledad de su cuarto y de sus primeros años, la música emocionante y, sobre todo optimista, de Baby, I Love You.


Devorando todo tipo de singles, coleccionando hits, adquiriendo discos con esfuerzo y dificultad, fantaseando con las voces amigas de grupos como The Crystals, The Shirelles o The Ronettes…:


-Jeffry, ¿alguna vez te he dicho lo bien que me siento al abrazarte[1]?- 

The Crystals.
Unos años antes de que Jeffry Ross Hyman se metamorfoseara en Joey Ramone y se convirtiera en el alma de la que fue la primera banda punk de la historia, Ramones; sus gustos musicales se nutrían en parte de los llamados grupos de chicas. Otras bandas como The Who o The Beatles también acompañaron a Joey en su infancia y, con la pubertad, sus gustos se abrieron paso hacia sonidos más actuales -y menos bochornosos para la imagen pública de un postadolescente- como los de los Stooges o, ya en los setenta, The New York Dolls. 

Joey Ramone con un gatito.
Todos marginales, todos peculiares, la primera formación de los Ramones se unía en 1974 con ninguna pericia técnica y sin pretensiones, con mucho menos éxito comercial y un sinfín de penurias personales que se acumulaban entre canción y canción (los trastornos compulsivos y la inseguridad de Joey, el talante violento y ultraconservador de Johnny, la adicción a las drogas de Dee Dee, las luchas de poder y las diferencias personales dentro del grupo…). Acostumbrados a tocar en su país en locales pequeños y clubes desconocidos, los Ramones dejaban con la boca abierta a todos los que los escuchaban. Sus letras hirientes, su humor negro, su sonido depurado, intenso y febril, su falta de habilidad y su absoluta despreocupación al respecto les convirtió en ídolos para todos aquellos que alguna vez quisieron formar una banda. No es sólo que dieran el pistoletazo de salida para grupos míticos ingleses como The Sex Pistols o The Clash sino que, a día de hoy, y curiosamente en la escena teen de la costa Este y neoyorquina bandas como The Vivian Girls, The Babies o The Black Lips beben todavía del sonido, la estética y el espíritu de los Ramones[1]. 

Ramones.
Ep de Helen Love.
The Dum Dum Gilrs.


En 1980 tras haber publicado Ramones (1976), Leave Home (1977), Rocket to Russia (1977) y Road to Ruin (1978) sin que la banda terminara de captar el gusto de la gran audiencia y, por tanto, sin obtener beneficios económicos notables probaron, en 1980, a producir un disco con un decadente y trastornado Phil Spector. Ya con una segunda formación de la banda en la que Marky Ramone sustituye a Tommy en la batería, sale a la luz un prometedor End of the Century con una versión de Baby, I Love You como primer tema de la cara B del disco.


Una versión brillante, una apuesta personal de Joey que veía por primera vez la posibilidad de imponer su criterio y sus gustos en el sonido de la banda que, con esta canción, admitía finalmente una de sus influencias sonoras (la sencillez, la armonía, la vivacidad, la emoción) y rendía así homenaje, casi sin saberlo y desde luego parte de los Ramones sin quererlo, a esos grupos “de chicas” olvidados y relegados con el paso del tiempo.

Bikini Kill.
La revisión de la historia musical y sus estereotipos y la visibilización de un legado femenino que exaltaron las Riot Girrrls, con su lucha, en los 90, fue algo que Joey Ramone supo ver con una década de adelanto. De hecho, la fusión de estilo y espíritu que se da en un tema como Baby, I Love You lo han convertido en epítome de un cambio que se necesitaba desde hace años y que se aprecia en grupos actuales, eminentemente femeninos, que descienden de estas dos vertientes musicales pero que poseen un espíritu novedoso de independencia, hechas a sí mismas y desvinculadas de figuras paternales como la del productor o las grandes discográficas, llenas de confianza y seguridad y rebosantes de solidaridad femenina (véase Take it as it Comes de The Vivian Girls). Grupos más que necesarios en un panorama en el que no todos los modelos a seguir pasan por hiperproducidas Lady Gagas o Lanas del Rey en un fenómeno, que por un camino mucho menos gustoso, llevaría de vuelta a las Ronettes, e incluso a los Ramones[2], y a la construcción identitaria de la música y el músico como productos de consumo.

The Vivian Girls. Take it as it comes.
Lady Gaga.
The Vivian Girls como The Ronettes.
Lo que en el caso de The Ronettes fue un intento de su productor por alcanzar otro éxito rápido y fácil, en el de Joey Ramone -para los Ramones como grupo no tuvo especial repercusión-, Baby, I Love You fue un intento de liberación, una apuesta personal y profesional, un acto de subversión con un tema que en principio, sólo en principio, no tenía nada que ver con una banda punk.


En la historia de esta canción, versionada en otras muchas más ocasiones, nadie ha sabido impregnarle tal emoción a esa primera declaración de amor como el eterno adolescente herido que de algún modo siempre fue, con su voz aterciopelada y su pronunciación dejadamente desgarradora, Joey Ramone. Con una tranquilidad ajena a la costumbre de un grupo que presumía de su capacidad para reducir el tiempo en el que daban sus conciertos, la canción Baby, I Love You adquirió, para cualquiera que desee detenerse a escucharla, unas connotaciones y una capacidad expresiva de tal calado que sólo es comparable a la sensación que se obtiene, en una de esas primeras veces, cuando alguien te mira fijamente y te dice: Baby, I Love You.





1. En Gales la banda liderada por Helen Love desde 1992 rinde culto a Joey Ramone y a la música de su grupo. Sus discos son un repertorio de melodías rápidas y pegadizas con títulos como Sheena's In Love With Joey Ramoney o Debbie loves Joey que rinden un homenaje evidente a la banda de Queens. En el otro extremo del planeta la banda Shonen Knife, conocidas como las Ramones japonesas, no sólo consideran a los Ramones su principal referente sino que, en 2011, lanzaron Osaka Ramones un disco tributo al concierto que la banda neoyorquina dio en Yokohama en 1997. También en Japón The Romanes interpretan y versionan todas las canciones del grupo en japonés.



2. No hay que olvidar que la imagen de los Ramones se convirtió en un signo de identidad y que, muchas de sus discusiones venían dadas por imposiciones tales como no olvidarse de vestir sus cazadoras de cuero, llevar un corte de pelo concreto o no dejar que miembros como Joey o Dee Dee hablaran con la prensa.

miércoles, 29 de junio de 2011

My so-called life

Angela Chase, personaje protagonista de la serie My so-Called Life, siempre me ha fascinado. En 1995 –que es cuando calculo que la emitieron en Canal +– yo tenía 12-13 años, dos o tres menos que los protagonistas de la serie, y por aquel entonces Chase conseguía producirme una explosiva mezcla entre la envidia malsana, la idolatría y la repulsión. Lo triste, o lo alentador según se mire, es que al volver a ver la serie (bendito Danko de series yonkis, ya te echo de menos) unos trece o catorce años después volví a sentir lo mismo.



Salvando la moralina noventera antidrogas y antisexo precoz (que ya es mucho salvar) y dejando de lado el bochornoso capítulo que yo creo inspirado por la más bochornosa aún canción de Soul Asylum Runaway Train sobre la desaparición y el abandono del hogar de jóvenes norteamericanos probablemente problemáticos (aunque puede que no tanto como los melenudos que conformaban este grupo mediocre capitaneado por un insulso cuyo máximo logro fue, no sé cómo coño, tirarse a Winona Ryder antes de darse a la cleptomanía); los personajes creados para la serie son extraordinarios y las escenas de instituto que recoge, impagables. Hay conciertos en garajes, fiestas de Halloween, cenas de acción de gracias, besos en el interior de un coche, besos en el cuarto de las calderas, besos bajo las gradas, besos contra las taquillas pero sobre todo, los personajes de Angela Chase y Jordan Catalano interpretados por Claire Daines y Jared Leto.



Como decía al principio ella me maravillaba. Lo hacía desde los primeros minutos de la serie cuando aparecía el título My so-called life que describía a la perfección el carácter cínico, con toques casi nihilistas, y excesivamente victimista de Angela. Y es que Angela Chase era una pesada la mayor parte del tiempo: paseándose ensimismada y cabizbaja, siempre infeliz; hundida el día que le sale un grano (incluso cuando tiene una piel maravillosa que por supuesto no es capaz de apreciar) y contestando con demasiada frecuencia fatal a sus padres (probablemente porque tienen una vida sexual notablemente más intensa que la suya, jueguecitos con disfraces incluidos).




En definitiva Angela Chase es una adolescente de pro que juega en cada capítulo a ser rebelde: se tiñe el pelo de rojo, rechaza a sus amistades de toda la vida para irse con “el chico latino gay” (los neofeminismos/queer y la multiculturalidad teórica de los 80 se plasman en las pantallas americanas en los 90) y la teen de mala  re“puta”ción supuestamente alcohólica que aquí habría sido una botellonera de lo más normal. Todo ello adornada con un look grounge compuesto de camisas de cuadros, Dr. Marteens y –dios mío– petos vaqueros. En definitiva podemos decir que básicamente Angela Chase sería una petarda de no ser por ciertos visos geniales que la convierten en una futura mujer extraordinaria. Alguno de mis momentazos preferidos… por ejemplo cuando canta como una loca saltando encima de su cama Blister in the Sun o cuando Jordan Catalano intenta besarla por primera vez y, al hacerlo, la interrumpe cuando habla. En vez de callarse como habría hecho cualquier adolescente derretida se lo hace notar y le deja claro que hay momentos para todo y, fundamentalmente creo yo, le sugiere que se lo curre más.

¿Y cómo es él? Porque por supuesto todo gira –al menos para mi lo hace hasta el punto de avanzar con el megavideo para ver los momentos en que salen ellos– en torno al hecho de que Angela se enamora del chico más malo, perdedor e increíble e irremediablemente atractivo del instituto, Jordan Catalano.



Creo que él es la razón por la que odiaba en parte y odié, creo recordar que durante mucho tiempo, a Claire Danes (porque en la serie no follaron pero quiero pensar, si no volveré a odiarla, que en la vida real sí). De Catalano me fascinaba su absurdo apellido, su pelazo, su insoportable abulia, su capacidad para hacer que un anillo en el dedo gordo de la mano resultara sexy y su aún más elogiosa virtud para conseguir que todos los que le mirábamos, incluso siendo no sólo un personaje de ficción sino un zoquete y un gandul, nos deshiciésemos por él.

Jordan Catalano es sin ninguna duda uno de mis personajes del cine adolescente preferidos. Creo que es de los más atractivos que ha habido y de lejos Jared Leto es uno de los que mejor ha sabido entender y dar vida al típico “perdedor/follador/con intenciones de convertirse en el chico modélico”. Los guionistas de la serie se pasan acentuando su contexto sociocultural poco ventajoso (creo que es excesivo hacer como si no supiera ni leer o exaltar topicazos tan a lo Grease como es el del rollo “amo los coches y soy mecánico”) pero el momento en que coge de la mano a Angela por los pasillos, o que la empotra contra la verja del colegio para hacerle la pregunta más ingeniosa que el pobre alcanza a hacer “¿Por qué eres como eres?”, lo compensa todo.



Por todos estos motivos y por otros muchos más, hay subtramas en la serie que no están mal del todo, la estética hoy que reviven los 90 es una delicia y la música también está presente y muy bien, recomiendo encarecidamente buscar My so-called life para todos los que no la hayáis visto.

Eso sí, aviso, sólo hay una temporada. Por algún motivo que nunca entenderé ni compartiré la serie no gustó en los Estados Unidos, no tuvo audiencia y se canceló. Quizás no terminó de calar el lavado de cara modernillo y algo sucio que intentaron dar a la típica trama de instituto. Consecuencia, se queda todo a medias, pero siempre queda la imaginación.

martes, 28 de junio de 2011

Deanie ante el espejo



Wilma Dean Loomis es incapaz de mirarse a sí misma en el espejo. Desvía su mirada. La desvía ante sí misma y ante casi todo el mundo nerviosa y compungida como está por el qué dirán. Se consume por dentro observada como se sabe por Bud, presente impúdicamente en cada rincón de su cuarto, de su mente, de sus sueños. Torturada por querer y no poder o no saber cómo poder. Castigándose por las imposiciones ajenas pero, sobre todo, por las propias.

Esplendor en la hierba es, a mi parecer, una de las películas más extraordinarias que se han hecho sobre el deseo adolescente. En realidad creo que, en cierto modo, todo el cine adolescente gira en torno al deseo y es que nunca se quiere algo tanto como cuando tienes 15 años. Todo el universo gira en torno a aquello que deseas poseer, que necesitas poseer para seguir respirando y que sabes, o al menos esto es lo más habitual, que no puedes conseguir. El característico douleur exquise que provoca esta frustración cuasi constante del deseo, sólo sostenible en esa primera estancia de la vida que es la adolescencia, provoca una sensación tan adictiva y placentera como insoportable y miserable.

Dirigida en 1961 por Elia Kazan, que de desear lo propio y lo ajeno a costa de todo debía saber bastante, Esplendor en la hierba –aunque imagino que todo el mundo la habrá visto miles de veces ya creo que es uno de los must de las tardes veraniegas de la 2– trata la historia de Deanie Loomis y Bud Stamper, dos jóvenes pertenecientes a diferentes clases sociales en la América profunda (es decir, fuera de  Nueva York).

Bud es un cateto nuevo rico, bobalicón y atractivo que como buen estereotipo del género teen practica deportes y hace las delicias de todas las chicas del instituto. Poco espabilado, indeciso y tremendamente hormonado, no tanto por motu propio sino más bien mediatizado por los deseos de su padre que confía en que su hijo se espabile si echa un polvo, sale con la chica más maravillosa de la clase, Deanie. Maravillosa no sólo por la magistral interpretación de Natalie Wood, que atraviesa la pantalla, sino porque constituye un complejísimo personaje que va mucho más allá de la chica guapa y modesta de instituto. Deanie es la encarnación fílmica de uno de los grandes dramas a los que durante siglos nos hemos visto sometidas las mujeres, el deseo sexual. Un deseo que comparte ardientemente con Bud –los franceses, como no pueden evitar ser franceses, tradujeron libremente el título del filme como La fièvre dans le sang– pero que en cuyo caso se ve agravado por el hecho condicionante y definitivo de que no sólo no puede dar rienda suelta y materializar su deseo, sino que ni siquiera puede confesar que lo tiene dado que sabe perfectamente que, en caso de hacerlo, sólo ella sufriría las consecuencias y automáticamente dejaría de ser una “nice girl” ya que éstas “…doesn't enjoy those things the way a man does. She just lets her husband come near her in order to have children…” la madre de Deanie dixit.


Pero el gran drama estalla cuando Bud, un inseguro Warren Beatty, decide (en realidad y de un modo bastante perverso no lo hace él sino su padre) que no puede aguantar a base de pinzas y tiene que consumar su deseo con alguien menos “nice” que Deanie. Conclusión, Deanie se queda sin llevarse el gato al agua y enloquece no sabemos si de dolor, de rabia, de desesperación, de fiebre en la sangre o de todo al mismo tiempo. En medio de todo esto acontece el crack de la bolsa y el baile del instituto, incisos magistrales y decisivos para el transcurrir de la película que acaba con una escena de reencuentro (esa de ajuste de cuentas que todos hemos deseado tener alguna vez) en la que Deanie ya asumido quién es, ha rehecho su vida y se ha librado finalmente del insípido Bud que termina bastante mejor y con menos remordimientos de los que muchos le hubiéramos deseado.

Una de mis escenas favoritas, el intercambio de miradas y el sentimiento mutuo de estar fuera de lugar de las deliciosas Deanie y Angelina (Zohra Lampert).